Francisca Cañadas nunca habría podido imaginar, cuando se levantó aquel 22 de julio de 1928, que su boda sería la más famosa de la literatura española. Y es que Carmen de Burgos, o el propio Federico García Lorca, inmortalizarían ese momento en forma de una historia que casi todo el mundo conoce.

Bodas de sangre, la obra de Federico García Lorca, respeta el desarrollo de los hechos. Suponemos que se enteró de los sucesos gracias a la prensa (era un asiduo lector de El Defensor de Granada), y porque también seguía de cerca todo lo que acontecía en Almería, una tierra en la que vivió durante tres años (1906-1909), concretamente en casa del maestro Rodríguez Espinosa. Cuando ocurrió el crimen, Lorca se encontraba viviendo en su casa de la Huerta de San Vicente.
Francisca Cañadas Morales, más conocida como Paca «la Coja», vivía en el Cortijo del Fraile ya que su padre, viudo desde hacía doce años, se encargaba de cultivar el trigo y el esparto allí, ejerciendo de medianero con el dueño del lugar. Ella era su hija favorita. Nunca le gritaba, no la obligaba a trabajar (al contrario que a su hermana Carmen), y como era tímida, solitaria, no muy agraciada, demasiado flaca para el canon de belleza de la época, y tenía el hándicap de la cojera que el propio padre le había provocado —al parecer por una paliza cuando apenas tenía tres años—, estaba muy protegida por él. Se sentía culpable, quizá. Hasta el punto de tenerle preparada una herencia: casi 4.000 pesetas, el cortijo de Hualix y unas tierras de labor.
Este trato preferente despertó los celos de su hermana Carmen, casada desde hacía años con José Pérez Pino, hijo del dueño del Cortijo del Fraile. Aunque habían recibido el Cortijo del Jabonero y otras tierras, les parecía insuficiente. Por eso urdieron un plan: que Paca se casara con Casimiro, el cuñado de Carmen. Todo quedaría en casa. Incluso la dote.
Tras años de noviazgo pactado, se fijó la fecha de la boda: 23 de julio de 1928, en la iglesia de Fernán Pérez. El banquete tendría lugar en el Cortijo del Fraile, como marcaba la tradición gitana del lugar: buñuelos caseros, cordero, vino, licor, garbanzos tostados y dulces que las mujeres llevaban preparando semanas.
Pero Paca no amaba a Casimiro. Lloraba cada noche. Llevaba años enamorada en secreto de su primo hermano, Francisco Montes Cañadas, diez años mayor. Decían que él no le hacía mucho caso, pero algo ocurrió en aquellos días. Quizá fue ella quien lo convenció. Lo cierto es que decidieron huir. Horas antes de la ceremonia.
La noche del 22, Casimiro se sintió indispuesto. Paca le atendió, lo arropó, y esperó a que se durmiera. Fue entonces cuando salió del cortijo y, montada en una mula, escapó con Francisco. Huyeron en dirección a La Serrata. Querían empezar una nueva vida.
Pero a unos ocho kilómetros del cortijo, tras unas matas de palmito, les esperaba la tragedia. José Pérez Pino y su esposa Carmen, alertados por la fuga, salieron a su encuentro. Cuando vieron las siluetas de los primos en la oscuridad, los interceptaron. José forcejeó con Francisco, le quitó el revólver y le disparó tres veces. Carmen, mientras tanto, intentó asfixiar a su hermana con las manos, dejándola malherida y con la ropa desgarrada.
Al amanecer del 23, encontraron el cuerpo de Francisco sin vida y a Paca inconsciente, en el suelo. La llevaron ante la Guardia Civil. Primero mintió. Dijo que habían sido encapuchados. La prensa fue despiadada: «Las veleidades de una mujer provocan el desarrollo de una sangrienta tragedia», tituló el Diario de Almería el 25 de julio.
Pero la verdad era más cruda. Las mulas utilizadas para la fuga habían sido devueltas al cortijo, lo que hizo sospechar a los investigadores. Paca, presionada, terminó confesando. El 26 de julio identificó a los culpables: su hermana y su cuñado.
El 27, José se entregó, reconociendo su crimen. Dijo que lo había hecho por la honra de su hermano. Que estaba bebido. Que todo fue demasiado.
En abril de 1929 se celebró el juicio oral. El juez fue Gregorio Azaña, hermano del futuro presidente de la República. José fue condenado a ocho años, un mes y un día. Carmen, a quince meses por intento de homicidio. Ambos salieron en libertad en 1931, gracias a un indulto del nuevo gobierno republicano.
La historia impactó a toda España. Lorca, en la Residencia de Estudiantes, comentó al ver la noticia: «Esta noticia es un drama difícil de inventar». El crimen le inspiró Bodas de sangre, estrenada en 1933. Pero no fue el único en convertirla en literatura: Carmen de Burgos, la almeriense pionera del periodismo, ya lo había novelado en Puñal de claveles, una obra también basada en esta tragedia.
¿Qué fue de los protagonistas del crímen de Níjar?
Paca vivió encerrada en el cortijo de Hualix, con una sobrina como única compañía. Rechazada por el pueblo, casi no salía a la calle. Murió en julio de 1987 a los 87 años, por arterioesclerosis cerebral. El sacerdote que ofició su misa dijo: «Era una mujer piadosa. Honrada como una niña recién nacida. Y fuerte para demostrártelo».
Casimiro, el novio frustrado, se casó con Josefa Segura, tuvo hijos y vivió en San José, donde falleció en 1990, a los 92 años. Nunca volvió a hablar con Francisca. En una entrevista en 1985, dijo: «Yo no he vuelto a ver a Paca… miento, la vi en el juicio». Se negó a ver una fotografía actual de ella.

Según testimonios, Francisca llegó a gritar durante el juicio que la mataran. Se sentía culpable por la tragedia. Pero también fue víctima del contexto, de los intereses económicos, de la incultura de una época que no permitía amar libremente. Francisco Montes murió por amor. Y ella vivió muerta en vida.
El lugar de los hechos, el Cortijo del Fraile, sigue hoy en pie. O lo que queda de él. Durante décadas ha sido símbolo de abandono, de olvido, de ruina. Pero en 2024, la Diputación de Almería lo adquirió con la intención de rehabilitarlo y preservar su valor patrimonial y cultural. Un gesto necesario para devolver la dignidad a un espacio cargado de memoria.
Porque esta no es solo la historia que inspiró a Lorca. Es una historia real. Un crimen de amor, de familia, de poder. Una herida que aún supura entre las tierras de Níjar.








