Visitamos Goldfield, la ciudad del hotel encantado y el cementerio de coches

Nadie viaja a Goldfield por casualidad. Hay que querer perderse para llegar hasta este lugar detenido en el tiempo, donde el polvo del desierto arrastra los ecos de dinamita, fortuna y tragedia. A tres horas al norte de Las Vegas, lo que un día fue la ciudad más grande de Nevada es hoy un esqueleto de lo que fue: casas carcomidas por el viento, estructuras que desafían la gravedad y el silencio denso de los sitios que conocen demasiadas historias. Y en su corazón, latiendo bajo la piel de los escombros, está el Hotel Goldfield.
Era 1902 cuando se descubrió oro en esta zona del condado de Esmeralda. La fiebre fue inmediata. Para 1906, más de 20.000 personas poblaban el nuevo Eldorado. Entre ellos, empresarios ambiciosos como George Wingfield y George S. Nixon, que fundaron la Goldfield Consolidated Mining y amasaron fortunas de 30 millones de dólares. Fue Wingfield quien mandó construir el hotel que pronto se convertiría en el orgullo de Nevada. Cuatro plantas, 154 habitaciones, baños privados, teléfono, electricidad, ascensor y un diseño en forma de U para que cada habitación tuviera su ventana al mundo. El lujo era el nuevo rey del desierto.
Pero los imperios basados en vetas de mineral no duran para siempre. Para 1910, la producción había comenzado a descender. En 1919, la gran compañía minera cerró. En 1923, un incendio terminó de aniquilar la ciudad. Y aunque el hotel sobrevivió, ya era solo un refugio para trabajadores de base. En 1945, cerró sus puertas. Nunca más volvió a recibir huéspedes… o eso creían algunos.

Hoy, el Goldfield Hotel es uno de los epicentros más famosos del misterio en Estados Unidos. Los cazadores de fantasmas lo conocen bien. Ghost Adventures lo visitó dos veces: en 2004 y en 2010. Se habla de puertas que se cierran solas, ladrillos lanzados por manos invisibles, susurros en los pasillos y un frío imposible que atraviesa los huesos. Pero todas esas leyendas palidecen frente a la historia de Elizabeth.
Se dice que Wingfield, el magnate, tenía una relación con una joven prostituta llamada Elizabeth. Cuando ella le confesó que estaba embarazada, él decidió ocultarla. La encerró en la habitación 109, atada a un radiador. Allí dio a luz. Allí murió. El niño, cuentan, fue arrojado a un pozo minero cercano. Hoy, en esa habitación se escuchan gritos, lamentos, llanto de bebés. Algunos visitantes dejan flores, peluches. Quienes creen en las almas atrapadas aseguran que Elizabeth y su hijo nunca se fueron.

No es el único espectro del hotel. Wingfield, fumador empedernido, parece seguir paseándose por la planta baja. A veces, el olor a puro invade el vestíbulo. Otras veces, ceniza aparece sin explicación sobre los sillones de cuero negro que aún sobreviven. Y hay quienes hablan de «El Acuchillador», una entidad hostil que ronda el antiguo comedor y ha empujado a más de uno. ¿Imaginación? Quizás. Pero algo habita entre esas paredes.
Virginia Ridgway lo sabía. Durante décadas, esta mujer de voz suave y espíritu indomable fue la guardiana del Goldfield. Dueña de una tienda de antigüedades al otro lado de la calle, se enamoró del hotel a finales de los 60. Decía que había personas en el vestíbulo, aunque nadie más las veía. Con el tiempo, obtuvo las llaves y comenzó a hacer visitas guiadas gratuitas. “No se cobra por lo que se ama”, decía. Hoy, a sus 82 años y con dos caderas rotas, ha cedido su labor a otro amante de lo paranormal. Pero asegura que, cuando muera, su presencia seguirá allí. Dejará un rastro de colonia de gardenia para quienes quieran saludarla.

Y mientras el hotel espera su restauración, a pocos metros del pueblo otro lugar cobra vida con otro tipo de fantasmas. El International Car Forest of the Last Church es una especie de templo sin altar, una instalación artística que parece un Stonehenge de chatarras. Más de 40 coches, furgonetas y camiones enterrados de punta o apilados unos sobre otros en el desierto. Algunos tienen calaveras pintadas, otros caricaturas de políticos. No hay letreros. No hay explicaciones. No hay contexto, y quizás por eso impacta aún más. Fue la visión de Mark Rippie y Chad Sorg, dos artistas que soñaron con una iglesia sin dios donde el arte y el absurdo fueran ley. Hoy, aunque ellos ya no trabajan juntos, la selva de autos sigue creciendo.

Goldfield es eso: una frontera entre lo que fue y lo que pudo ser. Un espejo agrietado donde se reflejan los sueños de riqueza y los susurros del más allá. Un sitio que, como tantos otros en el mapa de lo imposible, guarda sus secretos entre el polvo y el silencio. Y donde, quizá, si uno escucha con atención, Elizabeth todavía llama por su hijo, y Wingfield maldice su fortuna desde el otro lado del espejo.








