1×27. Tras los pasos de San Valentín

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Dentro de dos días será 14 de febrero… y el mundo volverá a llenarse de corazones rojos, cenas románticas y promesas envueltas en celofán. Pero, ¿y si el origen de San Valentín no tuviera nada de dulce?
En este episodio de La ruta del misterio, seguimos el rastro del patrón de los enamorados por medio mundo: desde la Roma del siglo III —entre persecuciones, cárceles y una carta escrita antes de morir— hasta las reliquias repartidas por Europa, con restos atribuidos al santo en lugares como Cosmedin, Terni, Dublín, Glasgow o Madrid.
Y el viaje termina donde casi nadie imagina: en Almería. Una historia real, documentada y perturbadora sobre unas reliquias llegadas en el siglo XVIII a la Catedral, su desaparición durante la Guerra Civil y el extraño recuerdo que aún permanece en la ciudad, entre candados, piedra y silencio.
Porque cuando una tradición es demasiado bonita… conviene sospechar.

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¿Qué tal amigos? ¿Cómo estáis? Bienvenidos una semana más a la Ruta del Misterio. Ya lo saben, soy Alberto Cerezuela y hoy vamos a hacer algo que me gusta especialmente.
Quitarle el maquillaje a una tradición porque dentro de dos días será febrero san valentín y ya lo estamos viendo escaparates empaperados de rojo anuncios con música de violines corazones que parecen latir al ritmo de una caja registradora flores que se marchitan antes de que termine el fin de semana y promesas que suenan perfectas porque son de catálogo Pero a mí siempre me ha interesado lo que hay detrás de estas celebraciones, de las tradiciones, lo que se esconde debajo del barniz cuando apagas el neón y te quedas a solas con el origen. Porque hay fechas que nacen limpias y otras que nacen manchadas, como si alguien hubiera pasado los dedos por la tinta o por la sangre. Y San Valentín es una de esas. Y por eso…
Vamos a salir a buscarlo a apenas poca hora de que se celebre pero vamos a buscar al san valentín de verdad al auténtico no el de los bombones tampoco el de las cenas con un menú cerrado vamos a buscar al primero al verdadero si es que puede usarse esa palabra cuando hablamos de un santo que quizá fue varios hombres a la vez y al que el tiempo terminó fundiendo en una sola silueta.
Los vamos a buscar por varias partes del mundo, como quien sigue el rastro de un fantasma. Ya saben ustedes que a nosotros nos gusta mucho eso. Iremos a Roma, donde todavía se exhibe un cráneo atribuido a él. A Dublín, donde guardan su sangre como si el amor pudiera conservarse en un relicario. Pasaremos por Glasgow, en Escocia, donde dicen tener su cuerpo entero intacto como si la muerte fuese capaz.
De hacer un inventario y en Madrid, la capital de España donde sus huesos están expuestos en una urna de cristal, en pleno barrio de Chueca, mientras la ciudad pasa por delante sin detenerse demasiado.
Y vamos a terminar en un lugar que me encanta, porque casi nadie se imagina que San Valentín tuvo presencia en Almería, en mi tierra, porque sí, Almería también tuvo su historia con este santo o mártir, y como tanta historia almeriense fue breve, extraña y medio borrada del tiempo. Así que hoy te invito a mirar esa fecha con otros ojos, a sospechar, porque cuando la tradición es demasiado bonita, demasiado redonda, demasiado perfecta, Lo normal es que esconda algo, y a veces lo que esconde no es una metáfora, son nada más y nada menos que huesos, huesos de verdad. Y es que Europa está llena de restos atribuidos a San Valentín, fragmentos de un cuerpo convertido en símbolos, repartidos como si el amor necesitase pruebas materiales, como si no bastara consentirlo y hubiera que tocarlo, verlo, encerrarlo en un cristal, ponerle una etiqueta, inventariarlo.
Y dicho así, ya de por sí es inquietante, porque hay santos que tienen una biografía sólida y un cuerpo en un solo lugar. Y luego está San Valentín, que parece tener muchas más reliquias que historia.
Dicen que todo empezó en el siglo III, cuando Roma era un monstruo de piedra y mármol, una ciudad que por fuera parecía eterna, pero por dentro estaba enferma. Roma era entonces una maquinaria de guerra, un imperio que se desangraba en la frontera y que necesitaba soldados, como quien necesita hierro, sin preguntas, sin dudas, sin vida propia.
Y cuando el poder tiene miedo, cuando nota que algo se le escapa, hace lo mismo que hacen todos los poderes desde el principio de los tiempos. No se conforma con controlar lo público, quiere controlar todo, hasta lo íntimo. Quiere legislar sobre el cuerpo, sobre lo que ocurre en la penumbra de una habitación, cuando dos personas se juran algo. Claudio II, apodado el gótico, gobernaba este imperio agrietado y la leyenda, esa leyenda que luego se convertiría en celebración mundial, cuenta que prohibió…
El matrimonio a los soldados, por estrategia, porque según creían…
Un hombre con esposa, hijo, con hogar, rinde menos en el campo de batalla. Porque un hombre enamorado tiene raíces y un hombre con raíces puede decidir no morir por un emperador. Es una idea terrible, pero también es una idea lógica dentro de la lógica romana. El amor como debilidad, la familia como lastre y la ternura como una forma de traición. Y ahí aparece Valentín, Valentinus, un obispo.
O quizá varios mártires confundidos en un solo nombre con el paso de los siglos. Pero la tradición necesitaba un rostro, un símbolo, alguien a quien culpar o a quien venerar. Y ese fue el Valentín, un hombre que se negó a obedecer, un hombre que siguió casando en secreto a soldados y a muchachas, como si el amor fuese un acto clandestino, como si el amor fuese…
Un delito. Con esta historia comienza el capítulo de hoy de la Ruta del Misterio, un capítulo especial que viene que ni pintado para las fechas actuales y que creo que os va a sorprender mucho. Porque, al parecer, el primer San Valentín fue eso.

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Alberto Cerezuela

Soy escritor, editor y creador de La Ruta del Misterio. Recorro lugares con historia para contar lo que todavía sigue dejando preguntas.

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Novelas, investigación y relatos nacidos de lugares donde siempre queda algo por contar.