Chantaje

Alberto Cerezuela

Esta entrada es la prueba de que me quiero tomar muy en serio el blog. Me gustaría escribir varias veces al mes y crearme un hábito. Confieso que no tengo tiempo, pero me puede servir como desahogo, y un buen ejemplo es esta reflexión nocturna, a las 22:53 de un jueves.

Después de un día agotador pero enriquecedor, me ha dado por echar la vista atrás y pensar. Es inevitable acordarse de lo malo, pero tengo muy claro que lo bueno siempre prevalece. Regresaba a casa escuchando la radio, cuando han puesto la canción «Chantaje», de Shakira. La canción no es gran cosa pero me ha resultado significativa, teniendo en cuenta mi semana, en concreto dos hechos de los que no voy a dar nombres, pero sí que voy a contar:

El primero tiene que ver con la palabra. Supongo que estaré chapado a la antigua, o que mi alma está más acorde a la de un caballero medieval que a la de una persona del s. XXI, pero para mí la palabra está por encima de todo. Me repugna la gente que no la tiene, en especial los que, además, se jactan de ello. Si yo pacto unas condiciones contigo, eso va a misa. Está muy feo cambiar el discurso cuando ya no te conviene. Y mucho menos, cuando la otra persona no quiere arrodillarse ante un atropello, chantajearla. Pero allá cada cual con su conciencia. ¿Merece la pena quedar fatal con alguien en un lugar tan pequeño como Almería, y por unos miserables euros? ¿En serio arriesgas encontrar trabajo porque prefieres el pan para hoy aunque tengas el hambre para mañana? Tengo una cosa clara, por encima de todo está la dignidad, y si en mi mano está, no voy a dejar que a ningún amigo o conocido le ocurra lo mismo.

Supongo que tú, querido lector, llegado a este punto te habrás perdido. No te culpo. Es una reflexión en voz alta antes de ir a la cama. Eso sí, hoy voy a dormir como un tronco.

El otro hecho tiene que ver con la amistad, y también con la dignidad. Hubo una época, bastante tiempo atrás (más de dos años), en la que la oscuridad se apoderó de mí. Tuve las peores experiencias de mi vida, y viví en primera persona situaciones tan terribles como amenazas, extorsiones, chantajes… y no solo yo, sino la gente que me rodeaba. Los que más quería. En medio de ese infierno, recurrí a algunos amigos en busca de desahogo. Simplemente eso. Y esta semana he descubierto que uno de ellos, que fue testigo de los chantajes que me estaban intentando hacer, que sabía al dedillo toda la historia, me ha traicionado. Y sin explicación. ¿Qué clase de persona, a sabiendas del daño que otra le ha hecho a un amigo suyo, se va a su bando sin mediar palabra, además alardeando de ello innecesariamente? ¿Acaso conoce la dignidad? El corazón humano puede llegar a ser muy negro. ¿Pero sabéis lo mejor de todo? Que no siento nada. Solo pena. Pero pena por él.

Un buen amigo, Ángel Acién, me dijo el otro día que los desengaños son una enseñanza necesaria. Y que siempre debemos celebrar que los traidores cambien de bando. Fortalece tu ejército y debilita al enemigo. No te falta razón, Angelito. Y la prueba de que aquellos nubarrones se fueron hace mucho tiempo, es que siento alivio. Soy afortunado. El mal se va alejando. Y las malas personas terminan juntándose lejos del alcance de las buenas. ¿Acaso esto no es lo más maravilloso que nos puede pasar?

Tranquilos, el karma se encarga de hacer el resto. A veces tarda, a veces nos desespera su parsimonia, pero aparece. Seguimos…

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Alberto Cerezuela

Editor, investigador y escritor.

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