1×06 La isla de Alcatraz. Visitamos «La Roca»

Alcatraz

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En mitad de la bahía de San Francisco, entre brumas y gaviotas, se alza un peñón que ha fascinado a historiadores, criminólogos y amantes del misterio durante décadas: Alcatraz. Más que una isla, es un mito. Su historia comienza mucho antes de ser prisión: el explorador español Juan Manuel de Ayala le dio nombre en 1775 por la gran cantidad de alcatraces que poblaban el lugar. Después fue fortaleza militar, punto estratégico para vigilar la bahía y símbolo del poder estadounidense sobre el Pacífico.

En 1934, en plena Ley Seca y auge del crimen organizado, se decidió convertirla en la prisión federal más segura del país. Allí no se permitían errores: Alcatraz no buscaba rehabilitar, sino aislar. Entre sus muros llegaron algunos de los reos más temidos: Al Capone, que encontró en el banjo y la rutina su única válvula de escape; George «Machine Gun» Kelly, leyenda del secuestro; y Robert Stroud, el «Hombre Pájaro», que convirtió su celda en un laboratorio de observación de aves y escribió libros que aún se estudian. Cada historia es una pieza de un gran mosaico que mezcla crimen, castigo y supervivencia.

Las celdas eran diminutas, frías, casi idénticas entre sí. Pero las más temidas eran las del bloque D, especialmente la 14D, conocida como the Hole. Allí, en completa oscuridad, algunos reclusos pasaban semanas enteras. Incluso hoy, los guías aseguran que es el lugar donde los visitantes sienten un peso extraño en el pecho, un frío que no parece venir del aire. No es casualidad que uno de los relatos más escalofriantes ocurriera allí en 1940: un preso gritó toda la noche que veía una figura de ojos brillantes dentro de su celda. A la mañana siguiente apareció muerto, con marcas de estrangulamiento. En el recuento, los guardias juraron haber contado un recluso más, hasta que vieron cómo la figura extra se desvanecía ante ellos.

Pese a su fama de fortaleza impenetrable, la isla fue escenario de catorce intentos de fuga. El más célebre fue el de junio de 1962, cuando Frank Morris y los hermanos Anglin escaparon por los conductos de ventilación que ellos mismos habían excavado con cucharas y herramientas improvisadas. Colocaron cabezas de papel maché en sus camas para engañar a los guardias y se lanzaron al agua en una balsa hecha de impermeables. Nunca fueron hallados. Para el FBI, se ahogaron. Para los amantes de los enigmas, lograron lo imposible: huir de La Roca.

Pero el coste de mantener esta prisión era tan alto como sus leyendas. La sal del mar corroía las instalaciones y cada preso costaba el doble que en cualquier otra cárcel federal. En 1963, el fiscal general Robert Kennedy ordenó su cierre. La isla quedó vacía solo unos años: en 1969 un grupo de nativos americanos, los «Aborígenes de Todas las Tribus», la ocuparon para reclamar sus derechos históricos. Allí vivieron hasta 1971, cuando el gobierno ordenó su desalojo.

Hoy, Alcatraz es uno de los destinos más visitados de Estados Unidos, un museo viviente que recibe más de un millón de turistas al año. Durante el día es bulliciosa, pero de noche, cuando los visitantes se marchan y el viento sopla entre las rejas oxidadas, la isla recupera su antiguo silencio. Muchos trabajadores y guías aseguran haber oído pasos, gritos ahogados, llantos que se apagan en los pasillos y hasta el sonido de un banjo, como si Al Capone siguiera tocando en las duchas.

Recorrer sus celdas es algo más que turismo: es un viaje en el tiempo. En el comedor aún parece flotar el rumor de las bandejas, en el patio de recreo el eco de las conversaciones de los presos. Y cuando uno se asoma a la bahía, comprende por qué a esta isla la llamaban La Roca: dura, hostil, pero hipnótica. Es imposible salir de allí sin la sensación de que algo —quizá las sombras del pasado— te acompaña hasta que pones un pie de nuevo en San Francisco.

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Imagen de Alberto Cerezuela
Alberto Cerezuela

Editor, investigador y escritor.

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