Bienvenidos a un nuevo capítulo de La ruta del misterio.
Hoy no vengo a hablar de un caso más. Hoy vengo a hablar de la historia que me cambió la vida. De una mujer que, sin saberlo, marcó mi camino profesional y personal para siempre.
Su nombre es Conchita Robles. Actriz almeriense. Asesinada la noche del 21 de enero de 1922, entre bastidores, en el Teatro Cervantes de Almería. En apenas unos días se cumplirán 104 años de aquella tragedia que no terminó con su muerte, porque hay historias que se resisten a ser enterradas… y esta aún tiene mucho que contar.
Este capítulo es especial. Es distinto.
Hoy me voy a soltar la lengua. No voy a hablar solo de misterios, fantasmas o fenómenos extraños. Voy a hablar de mi forma de entender la vida, de cómo se construyen las historias, de la memoria, de la verdad… y también de la gente.
Porque a veces, el mayor misterio no está en lo invisible, sino en lo que decidimos recordar… y en lo que otros prefieren olvidar. Esta historia va de un crimen real y una serie de personas, que a lo largo de los años, han experimentado fenómenos extraños y situaciones inexplicables en el lugar donde sucedió: el teatro Cervantes de Almería. Y de otros fantasmas, más de carne y hueso, que entran en escena para apropiarse de una historia que no es de nadie.
Comienza La ruta del misterio.
¿Qué tal, amigos? ¿Cómo estáis? Bienvenidos a un nuevo capítulo de La Ruta del Misterio.
Hoy no voy a hablar de un caso más. Hoy vengo a contar la historia, la historia del misterio que quizá me cambió la vida. La historia de una mujer que, sin saberlo, marcó mi camino profesional y mi experiencia en el mundo del misterio. Su nombre es Conchita Robles, actriz almeriense asesinada la noche del 21 de enero de 1922 entre bastidores en el Teatro Cervantes de Almería.
En apenas unos días se cumplirán 104 años de aquella tragedia que no terminó con su muerte, porque hay historias que se resisten a ser enterradas. Y esta aún tiene mucho que contar.
Este capítulo es especial, es distinto.
Hoy me voy a soltar la lengua. No voy a hablar solo de misterio, fantasmas o fenómenos extraños. Voy a hablar de mi forma de entender las cosas, de cómo se construyen las historias, de la memoria, de la verdad y también de las personas.
Porque a veces el mayor misterio no está en lo invisible, sino en lo que decidimos recordar y en lo que otros prefieren olvidar. Comienza este nuevo capítulo de La Ruta del Misterio.
De todas las historias que he investigado a lo largo de los años, hay una que ocupa un lugar distinto. No por su crudeza —que la tiene— ni por su misterio —que también—, sino porque me cambió el rumbo. Porque, sin saberlo entonces, Conchita Robles acabó siendo una especie de punto de origen, un antes y un después, una herida abierta que, paradójicamente, me empujó a cumplir sueños en el mundo del misterio que ni siquiera sabía que tenía.
Hay historias que llegan cuando estás preparado para escucharlas, y otras que llegan antes, cuando aún no sabes qué hacer con ellas. Y la de Conchita Robles me llegó así.
La primera vez que oí hablar de su asesinato fue en 2008. No fue en un libro, ni en una conferencia, ni en una visita guiada. Fue en una conversación, una de esas que parecen casuales, pero que con el tiempo entiendes que no lo eran en absoluto. Quien me habló de ella fue José Ángel Pérez, periodista almeriense, pionero en la divulgación de sucesos y crónica negra en esta tierra, cuando nadie se atrevía a hacerlo.
Me entrevistó para un programa que tenía en una televisión local, y él me dijo algo muy concreto: “Yo escribí sobre este crimen hace años. Está en mi libro La otra cara de Almería.” Y no exageraba. Era la única vez que la historia de Conchita Robles había aparecido recogida en algún libro o en un medio de comunicación. Año 2001, editorial Algar, José Ángel Pérez, crónica negra de Almería: el único que se atrevió a fijar por escrito lo que algunos deberían conocer de oídas y pocos querían remover.
Y él fue quien, sin solemnidad, casi como quien lanza un reto, me dijo que fuera al Teatro Cervantes, que caminara por allí, que mirara el escenario, los pasillos, los rincones… y que lo investigara. Y eso hice. No sabía entonces que aquel consejo iba a marcarme tanto. Que ese teatro, aparentemente silencioso y domesticado por la cultura, se convertiría en uno de los lugares más incómodos de mi trayectoria, ni que el nombre de Conchita Robles iba a acompañarme durante años, apareciendo una y otra vez, exigiendo ser contado con rigor, con respeto y sin adorno.
Gracias a esta historia —y esto lo digo sin grandilocuencia—, empecé a entender qué tipo de investigador del misterio quería ser: no el que acumula anécdotas, no el que busca aplausos fáciles, sino el que se queda donde otros pasan de largo, el que vuelve a los lugares incómodos, el que no acepta versiones heredadas sin hacer preguntas.
Las preguntas que me dio Conchita Robles. Esas preguntas me llevaron a libros, a archivos, a teatros vacíos, a noches de dudas y decisiones que, con el tiempo, se convirtieron en oportunidades, en proyectos y en sueños cumplidos. Por eso, cuando digo que esta es la historia que más me ha marcado en el mundo del misterio, no hablo de obsesión: hablo de gratitud. Porque hay historias que te utilizan a ti para ser contadas. Y esta, desde el principio, me eligió sin pedirme permiso.
Durante semanas, el Teatro Cervantes dejó de ser para mí un edificio más del centro de Almería.
Se convirtió en un lugar al que volvía una y otra vez, casi con la sensación de que algo me estaba esperando.








