¿Qué tal, amigos? ¿Cómo estáis? Bienvenidos una semana más a este nuevo capítulo de La Ruta del Misterio. Ha sido una semana intensa. Os tengo que agradecer la gran acogida que le habéis dado a este programa. Siempre lo digo cada semana, pero es que el último capítulo, ubicado en Madrid, os ha encantado. Y os lo agradezco. También agradezco mucho que compartáis, que difundáis.
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Gracias. Semana intensa, como digo. También hemos hecho una especie de crossover —como se dice en el mundo de las series— con mi buen amigo Paco Pérez Caballero, en su programa El Señor de los Crímenes, tratando una historia que ya os enseñamos aquí: el del crimen de Níjar, bodas de sangre, versión almeriense, lugar donde se inspiró Federico García Lorca para hacer aquel Bodas de sangre, un crimen real, que conté esta semana.
Como digo, con el gran Paco Pérez Caballero en su pódcast El Señor de los Crímenes. Y hoy nos vamos a trasladar hasta un lugar especial, un lugar único en el mundo. Yo siempre digo que es como un parque de atracciones real. Hablamos de Venecia, que también tiene sus misterios. ¿Queréis descubrirlos? Empezamos en este nuevo capítulo de La Ruta del Misterio.
La isla donde Venecia escondió lo que no quería mirar. Esa es Poveglia. Hay ciudades que se construyen sobre el agua, hay ciudades que se construyen sobre la memoria. Venecia, en realidad, hace las dos cosas. Flota así.
Pero también oculta, bajo sus mármoles, sus máscaras y su teatro perpetuo de turistas, late una verdad incómoda. Una ciudad que vivió del comercio, vivió también del tránsito de barcos y de la riqueza, y también aprendió pronto a vivir del miedo. Y cuando el miedo se instala, ya lo saben ustedes, busca un lugar donde encerrarlo. Ese lugar durante siglos tuvo un nombre propio: Poveglia, entre Venecia y el Lido, en la laguna.
Hay una isla pequeña, casi ridícula en tamaño si uno la mide con las reglas modernas. Un trozo de tierra dividido en dos por un canal estrecho, como si incluso la geografía quisiera partirla en mitades. Los venecianos, que saben bautizar las cosas con precisión cruel, la conocen como la isla de los fantasmas.
También la isla sin retorno, y la expresión no es una metáfora bonita para atraer curiosos: es una manera de señalar que allí, durante mucho tiempo, la vida entraba y no siempre salía. Popilia, Povegia, Poveglia… los nombres de una misma sombra. Antes de ser Poveglia fue Popilia. Hay quien explica el origen por un bosque de álamos: populus. Hay quien lo relaciona con la vía Popilia-Annia, ligada al cónsul Publio Popilio Lenas.
Y es que en mapas del siglo XV aparece como Poveglia. Cambian los nombres, cambia el latín, cambian los escribanos… pero la isla permanece en el mismo sitio, quieta, esperando su turno en la historia.
Y durante un tiempo, antes de la leyenda negra, Poveglia fue algo completamente distinto: fue un refugio. Y es que entre los siglos V y VI, con invasiones y destrucciones en el continente —Padua, Este…— la laguna se convirtió en un escondite. La gente huía hacia el agua como quien huye hacia el borde del mundo.
Aquel pedazo de tierra fue hogar para muchos. Creció, prosperó, se organizó. Llegó a ser un burgo con castillo fortificado y resistió incluso a la presión franca en el 809 y en el 810.
Por eso, sus habitantes recibieron un privilegio: exenciones de impuestos, de servicio militar, del trabajo como remero en galera. Poveglia llegó a ser útil, valiosa y respetada. En el año 864, según la tradición documentada, se establecieron allí familias vinculadas a Pietro Tradonico. Se habla de un gobernador ducal, de concejales locales, de un orden administrativo…








