Valencia siempre ha sido una ciudad luminosa. Pero bajo sus calles, entre plazas concurridas y edificios emblemáticos, laten historias que no figuran en las guías turísticas… y que solo se revelan cuando cae la noche.
En este episodio de La ruta del misterio viajamos a Valencia, una ciudad mágica y legendaria, para recorrerla de la mano de un guía de excepción: Raúl Ferrero, investigador de lo insólito y escritor, profundo conocedor de los enigmas que se esconden en la capital del Turia.
Durante esta ruta nos adentramos en tres casos emblemáticos que forman parte del imaginario oculto valenciano:
🔹 El callejón de las brujas, un lugar donde la tradición popular, los susurros nocturnos y la memoria colectiva hablan de rituales, miedos antiguos y presencias que parecen resistirse al paso del tiempo.
🔹 El fantasma del Ateneo Mercantil, una historia inquietante de sombras, carcajadas sin origen, música que se apaga al ser observada y una presencia a la que llaman «Charlie». ¿Un espíritu atrapado? ¿Una partida que nunca terminó? ¿O la huella invisible de una vida rota?
🔹 El poltergeist de la Casa del Esparto, el primer caso investigado oficialmente en España como fenómeno paranormal. Golpes, ruidos, multitudes, policías, arquitectos… y una explicación racional que fue ignorada cuando el misterio dejó de hacer ruido.
Tres historias, una ciudad y una pregunta constante:
¿Dónde termina la leyenda y dónde empieza la verdad?
Un episodio para escuchar con calma, para pasear Valencia con otros ojos… y para recordar que, a veces, los mayores misterios no están en lugares lejanos, sino en las calles que creemos conocer de toda la vida.

¿Qué tal, amigos? ¿Cómo estáis? Me vais a permitir que en este nuevo capítulo de La Ruta del Misterio os siga dando las gracias. Ya vamos por el puesto 48 en la categoría de Misterio en iVoox a nivel mundial. Ya tenemos más de 2.500 suscriptores. Todo un sueño convertido en realidad. Y me van a permitir que haga una pequeña reflexión. La voy a ir introduciendo.
Hay quien me ha escrito referente al capítulo de Concha Robles y de los supuestos fantasmas, algunos de carne y hueso, del Teatro Cervantes, para darme las gracias por hablar tan claro, por contar la verdad, por reflexionar. Así que me van a permitir que les cuente algo. Y es que hay momentos en la vida —y este pódcast lo sabe bien— en los que uno empieza a hacer balance. No de los éxitos, ni de los números, ni de los likes, sino de las personas.
De quién estuvo cuando no había focos, de quién caminó a tu lado cuando no había nada que ganar. Yo lo he vivido y también lo he pagado. He visto cómo gente de mi entorno, y además muy recientemente, personas con las que hemos compartido viajes, conciertos, tardes e interminables fines de semana enteros y confidencias que no se dicen en voz alta, de pronto desaparecen, se diluyen, te ningunean. Ya ni te saludan. Te miran desde lejos como si ya no fueses útil.
Y entonces entiendes algo duro, pero necesario: que no te querían por lo que eras, sino por lo que les dabas, por lo que representabas en ese momento. Y eso duele. Duele más de lo que uno reconoce.
Pero en medio de esa decepción aparecen personas que te recolocan la brújula. Personas que no piden nada, que no calculan, que no esperan rédito. Personas que creen en lo que hacen simplemente porque creen en el misterio, en la cultura, en el respeto por las historias que merecen ser contadas.
En este capítulo tiene una mención especial Raúl Ferrero, gran investigador de los misterios de Valencia, escritor serio, riguroso, apasionado y, sobre todo, buena gente. Él y su familia, de la que no abunda, de la que no se exhibe, de la que suma sin hacer ruido. Llegamos a Valencia a ver un partido de fútbol a finales de septiembre.
Y Raúl nos abrió la ciudad sin pedir nada a cambio. Nos regaló su tiempo, su conocimiento, sus pasos y su silencio. Nos hizo una ruta del misterio por la capital del Turia con la generosidad de quien entiende que el misterio no se mercadea, se comparte.
Y con ese gesto, sencillo y enorme a la vez, nos recordó algo que a veces se nos olvida cuando acumulamos decepciones: que aún hay esperanza, que no todo es interés, que no todo es postureo.
Que todavía quedan personas que caminan contigo porque creen en el camino. Y por ella, solo por ella, y por supuesto porque ustedes están ahí, merece la pena seguir contando esta historia. Bienvenidos una semana más a La Ruta del Misterio. En este caso, nuestro viaje nos lleva hasta Valencia.
Corrían tiempos difíciles en 1915. El mundo ardía en la Primera Guerra Mundial y España, oficialmente neutral, miraba el incendio desde la barrera. Pero la ceniza… nos llegaba igual.
El Mediterráneo era un tablero oscuro donde se veían submarinos y torpederos. Los alemanes buscaban cortar suministro a los aliados y la sensación de amenaza se colaba en las conversaciones como un humo fino, persistente.
Valencia, la ciudad donde estamos, donde le estamos dedicando hoy el capítulo de La Ruta del Misterio, tampoco estaba para bromas: huelgas, tensiones, hambre, incertidumbre. Y el campo, tocado.
La crisis de los viticultores, el problema del vino, la economía encogida, casi como un animal herido. Era un tiempo en el que bastaba un chispazo para que el miedo encontrase forma. Y cuando el miedo encuentra forma…
Se convierte en una historia. Ustedes bien lo saben.
En medio de todo aquello, ese verano se abrió una grieta en la realidad. O al menos, eso pareció. La prensa de la época bautizó el suceso con un nombre que suena a sainete y también a tragedia: la casa del duende de Esparto. También llamada, con esa mala leche valenciana que convierte el drama en chanza, la casa de Tócame Roque.
Hoy mucha gente repite la misma frase como si fuera un dogma: el primer caso poltergeist documentado en España. Y claro, cuando dices poltergeist ya está el decorado montado. Golpes.








