1×26 Cuatro historias olvidadas

Cuatro historias olvidadas

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En este nuevo episodio de La Ruta del Misterio recuperamos cuatro historias que nos habíamos dejado en el tintero… y que merecían ser contadas como se debe: con calma, con contexto y con esa sombra que siempre acompaña a los lugares marcados.

Viajamos hasta Rhyolite, el pueblo fantasma de Nevada, donde las ruinas del viejo banco y sus esculturas inquietantes parecen seguir vigilando a quien se atreve a entrar cuando cae el sol. Nos detenemos también en el enigmático Elmer’s Bottle Tree Ranch, un bosque de botellas levantado en mitad del desierto como un santuario extraño, silencioso y fascinante.

De ahí saltamos al misterio del Santo Custodio, en Noalejo (Jaén), una presencia que sigue despertando preguntas, devoción… y un escalofrío difícil de explicar. Y cerramos el recorrido en Irlanda, con el legendario castillo de Malahide, uno de los lugares más encantados del país, donde la historia y los fantasmas se confunden hasta volverse inseparables.

Cuatro paradas. Cuatro relatos olvidados.

1x26 Cuatro historias olvidadas

 

¿Qué tal, amigos? ¿Cómo estáis? Bienvenidos una semana más a este pódcast, La Ruta del Misterio, ese viaje por lugares donde ha ocurrido algo, algo interesante, algo que tiene que ver con fenómenos extraños, con crímenes o incluso con historias que merecen la pena contar.

En todo este recorrido ya han sido 25 capítulos. Parece que fue ayer cuando empezamos en el mes de agosto. Hemos dejado alguna que otra historia en el tintero, porque eran pequeñitas, porque quizás no tenían cabida para hacer una especie de monográfico, como solemos hacer aquí. Pero me ha apetecido hoy hacer un recopilatorio, un episodio especial, contando cuatro de esas historias por las que hemos pasado casi de puntillas, pero en las que no hemos profundizado.

Este capítulo se escribe con un mapa, con una ruta, con un destino claro, con una historia que sabe dónde empieza y más o menos sabe dónde termina. Pero es muy especial porque se va a construir con retales, con notas de móvil, con enlaces guardados, con nombres subrayados en una libreta, con lugares que aparecen y desaparecen en conversaciones nocturnas y, sobre todo, con un sinfín de fotografías en el móvil y en la mente.

Historias que han ido quedando en el tintero, como digo, de esta Ruta del Misterio. Cosas que me apetecía contar porque tienen algo en común.

En todas ellas hay un punto en el que la realidad se queda corta, y entonces entra lo otro: lo que la gente jura haber visto, lo que el silencio conserva y lo que el tiempo no consigue limpiar del todo.

Nos vamos a ir hasta Jaén, a un cementerio de la Sierra Sur, donde una tumba tiene más flores que muchas iglesias.

Después saltaremos a Irlanda, a las afueras de Dublín, para entrar en un castillo que presume sin pudor, así tal cual, de tener nada más y nada menos que cinco fantasmas. Y cuando ya creamos que lo hemos visto todo, nos iremos al desierto, a Nevada, a un pueblo fantasma llamado Rhyolite, levantado con oro y derribado con la prisa.

Y cerraremos con un lugar que parece inventado por alguien que se negó a aceptar la muerte: un bosque de botellas en plena Ruta 66, el Elmer’s Bottle Tree Ranch.

Levantado por un hombre que convirtió el duelo en paisaje.

Cuatro historias, cuatro geografías, cuatro maneras de decir lo mismo: que hay cosas que no se van, que se quedan. Y hoy las vamos a contar. Empezamos.

A veces la fe no necesita cúpula. Basta con una lápida, con un nombre, con un cementerio en silencio y con una fila de personas que llega sin hacer ruido, como si no quisiera molestar a algo que está escuchando.

En Noalejo, en la Sierra Sur de Jaén, existe una tumba que lleva décadas funcionando casi como un imán.

Y no es porque sea ostentosa. No tiene oro, no tiene mármol de catedral, no tiene santos oficiales. Pero tiene algo que para mucha gente vale más: la esperanza.

El nombre de la lápida es Ángel Custodio Pérez Aranda. Y para todos, el Santo Custodio.

Dicen que nació el 8 de septiembre de 1885 en La Hoya del Salobral, una aldea pequeña, de esas donde el mundo se mide por cosechas, por inviernos y por lo que aguanta el cuerpo. Y dicen, sobre todo, que desde joven empezó a correr un rumor que deja de sonar a rumor cuando lo repite todo un pueblo.

Custodio tiene algo.

No fue sacerdote, no fue beato, no fue canonizado. Pero, aun así, la gente lo buscaba. Hay que entender la época: España rural, finales del siglo XIX, primeras décadas del siglo XX. Médicos escasos, remedios improvisados, enfermedades largas y dolor cotidiano.

La fe, en muchos pueblos, era una forma de aguantar. Y en ese contexto aparecen figuras que no sustituyen a nada, pero que llenan un hueco enorme. El del consuelo. El de alguien que escucha sin reírse. El de alguien que te mira como si lo tuyo importara.

A Custodio se le atribuía precisamente eso. Gente que decía que imponía las manos, que rezaba, que calmaba, que a su lado el miedo bajaba de volumen.

¿Milagro? No lo sabemos. Es lo que la gente cuenta.

La Iglesia, claro, no abrió proceso. No hay expediente oficial…

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Imagen de Alberto Cerezuela
Alberto Cerezuela

Editor, investigador y escritor.

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