01 – Clown Motel, el hotel de los payasos en Tonopah

01 - Clown Motel, el hotel de los payasos en Tonopah

Clown Motel – El motel donde los muertos no descansan

Hay lugares en el mundo que no deberían existir. O, al menos, no tan cerca de nosotros. Sitios donde el tiempo no es el mismo, donde las risas suenan huecas y los silencios pesan como lápidas. En medio del desierto de Nevada, en una localidad que no aparece en las postales pero sí en los susurros, se encuentra Tonopah, un pueblo que fue próspero y ahora es leyenda. De esas que nadie cuenta en voz alta, pero que todos terminan buscando en la oscuridad de internet.

Aquí se cruzan el polvo, los cadáveres sin paz, los payasos… y algo más.

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Una piedra, un burro y el principio del fin

En 1900, un hombre llamado Jim Butler le lanzó una piedra a su burro, harto de que el animal no obedeciera. La piedra pesaba demasiado. Era plata. Y como pasa siempre, donde hay riqueza pronto llega la desgracia. En menos de lo que canta un gallo, Tonopah pasó de ser un rincón desértico a una ciudad minera efervescente. Las noches se llenaron de lámparas, los salones de tiros, y las minas, de hombres sin miedo y con fecha de caducidad.

El cementerio que respira

01 - Clown Motel, el hotel de los payasos en Tonopah 35Para enterrar a tantos, hacía falta espacio. Así que en 1901 se construyó el cementerio de Tonopah, a un paso —literal— de donde años después levantarían el famoso motel. Allí se enterraron víctimas de una extraña peste que ennegrecía los órganos y mataba en horas. Se hablaba de neumonía. Se sospechaba otra cosa. También acabaron allí los cuerpos calcinados de varios mineros y el del sheriff Thomas Logan, abatido en un burdel cuando intentaba salvar a una chica.

Pero hay más: George «Devil» Davis, el primer afroamericano del pueblo, asesinado por su esposa. O Bina Verrault, una mujer que se enriqueció seduciendo y engañando a viudos millonarios, para morir sola y borracha en una habitación barata. Todos están allí. Todos esperan algo.

El héroe que descendió al infierno

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Si uno camina entre las cruces de madera, hay una que destaca. En ella se lee: «Murió salvando a otros». Es la tumba de William «Big Bill» Murphy, un joven de 28 años que en 1911 bajó tres veces a los túneles de la mina Belmont en plena explosión. Las dos primeras subió con jaulas llenas de mineros. La tercera… no volvió. Dicen que cayó. Dicen que sabía que no regresaría. Lo último que pronunció fue: «Estoy casi acabado, pero lo intentaré de nuevo». Desde entonces, hay quien jura escuchar pasos bajo tierra, como si alguien siguiera bajando. Y subiendo.

Clarence David y el legado de los payasos

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En 1942, otro incendio acabó con la vida de Clarence David, un hombre reservado que tenía una afición particular: coleccionaba payasos. Más de 150. Nadie entendía por qué. Sus hijos, Leona y Leroy, decidieron rendirle homenaje levantando un motel junto al cementerio. Lo decoraron con toda su colección. Y así nació, en 1985, el Clown Motel. Un lugar donde se duerme entre narices rojas y sonrisas congeladas.

Nunca imaginaron lo que desatarían.

Donde ríen los que no están

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La colección creció. Hoy hay más de 2.000 figuras de payasos en el motel. Algunos sonríen. Otros no. Algunos parecen seguirte con la mirada. El lugar se ha convertido en uno de los más visitados por los amantes del terror. Pero no por su estética, sino por lo que ocurre allí. Porque hay habitaciones en las que la luz se enciende sola. Duchas que se abren sin manos. Risas que brotan del suelo. Y lo peor: la sensación de que alguien te observa desde el otro lado del espejo.

La habitación 111 fue escenario de un suicidio. La 214, de un huésped tan habitual que, tras su muerte, sigue encendiendo la lámpara por si algún día regresa. Nadie puede explicar lo que ocurre, ni siquiera los empleados, que reconocen haber oído carcajadas a las tres de la madrugada. O ver figuras que cruzan los pasillos cuando ya no queda nadie despierto.

En su página web, los actuales dueños —la familia Mehar, que adquirió el negocio en 2019 con la promesa de preservar la colección y el misterio— advierten al visitante:

«Usted acepta que puede encontrarse con fenómenos inexplicables. The Clown Motel no se hace responsable de daños físicos, psicológicos ni emocionales durante su estancia.»

Uno pensaría que es marketing. Hasta que entra.

El payaso sin nombre

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Entre todos los testimonios, hay uno que pone los pelos de punta. El de un trabajador de la mina, aficionado a disfrazarse de payaso para animar a los niños del pueblo. Murió en un accidente nunca aclarado. Algunos creen que su alma quedó atrapada. Y que su obsesión por divertir a otros se transformó en algo más… oscuro. Aparece en sueños. A veces, en fotos. Y hay quien afirma haberlo visto, de pie, junto a la verja del cementerio, moviendo la cabeza de un lado a otro como si contara los coches que llegan.

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La Dama de Rojo del Hotel Mizpah

Pero Tonopah guarda otro secreto. A pocas calles del Clown Motel, el Hotel Mizpah conserva el espíritu de Rose, una prostituta asesinada en la habitación 502. Dicen que fue un cliente. Otros, su ex. La mató con rabia, dejándola sin voz pero no sin presencia. Hay quienes aseguran haber sentido su aliento en el cuello, haber despertado con perlas sobre la almohada o haber oído una voz femenina que susurra cosas que no se entienden, pero se sienten.

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¿Te atreverías?

El Clown Motel no es un simple alojamiento. Es una frontera. Entre el mundo de los vivos y el de los que aún no se resignan. Entre la risa y el llanto. Entre la curiosidad y la locura. Aquí, cada payaso tiene una historia. Cada crujido, una explicación que nadie puede probar. Y cada huésped… una experiencia que no olvida.

Así que la pregunta es simple:
¿Te quedarías una noche entre payasos, tumbas y sombras que no quieren irse?

 

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Imagen de Alberto Cerezuela
Alberto Cerezuela

Editor, investigador y escritor.

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