El altar del agua y el silencio: la Difunta Correa en el corazón del Poniente

No hace falta mirar al cielo para encontrar milagros. A veces, están escondidos en las cunetas. En los márgenes del camino. En esos lugares que parecen pasar desapercibidos pero que, sin explicación posible, despiertan algo en quien los contempla. Algo que remueve, que inquieta. Que deja un eco.
En el camino del Alcor, una senda elevada que conecta los invernaderos del Poniente almeriense con el azul manso del Mediterráneo, entre Almerimar y San Agustín, hay un lugar que no se encuentra en las guías turísticas ni en los mapas oficiales. Pero que existe. Un rincón donde se amontonan botellas de plástico llenas de agua, cruces improvisadas, velas derretidas y muñecas yacentes. Un altar sin templo. Un santuario sin campanas. Un homenaje silencioso a una mujer que murió en el desierto argentino hace casi dos siglos y que, sin embargo, parece respirar todavía entre los plásticos blancos y los tomates de El Ejido.

Deolinda
La llamaban Deolinda Correa. Murió de sed, de amor o de esperanza, según quién cuente la historia. Cuentan que partió a pie, con su bebé en brazos, en busca de su marido, reclutado a la fuerza en la convulsa Argentina de 1840. Caminó hasta caer, sin comida ni agua, en algún paraje perdido de San Juan. Cuando unos arrieros la encontraron, ya no respiraba. Pero su hijo seguía vivo, amamantándose de su pecho. Un milagro, dijeron. Y el milagro se volvió fe. La tumba se hizo altar. Y la muerte, devoción.

Pero lo que nadie esperaba es que esa historia, con olor a tierra seca y sol partido, cruzara el océano para clavarse como una espina en esta otra tierra de secano y promesas por cumplir. Porque entre los plásticos del Mar de Invernaderos, junto a los restos de lo que alguna vez fue naturaleza, hay quienes aseguran haber sentido la misma vibración que se percibe al subir la cuesta de Vallecito. Y no solo argentinos.
El altar del Alcor

En 2010, Leonardo Di Lernia e Ivanna Haro llegaron desde San Juan, Argentina, al núcleo ejidense de San Agustín. Traían lo justo, como Deolinda. Una promesa bajo el brazo. Y una devoción callada. Levantaron con sus propias manos un pequeño altar de piedra y cemento, tan rudimentario como sincero. Lo colocaron en la curva de la carretera que serpentea hacia Almerimar. Allí dejaron una imagen bendecida, traída por la madre de Leonardo. Y allí comenzaron a llevar agua. Porque a la Difunta Correa no se le pide con monedas ni con flores: se le suplica con agua, para que nunca vuelva a morir de sed.

Al principio, había una sola casita. Una. Solitaria. Pero hoy se ven casi una decena, desperdigadas, cada una con su alma propia. Algunas hechas con bloques, otras con madera, algunas más parecen nacer directamente del polvo. Dentro, exvotos: chupetes, collares, estampitas, peluches, casas en miniatura, muletas. Y una trenza de pelo real, larga, negra, anudada con una cinta roja. Hay cosas que no necesitan explicación.
Cada día, personas anónimas —argentinos, españoles, curiosos, creyentes, agradecidos— se acercan con botellas de agua y las dejan junto a los altares. Algunas son nuevas. Otras llevan meses allí, secas, arrugadas, con los nombres borrados por el sol. Pero siguen cumpliendo su función: recordar que alguien pidió algo. Y que alguien espera algo a cambio.
Porque si algo repiten los argentinos que veneran a la Difunta Correa es que es “muy cobradora”. Cobra las promesas. Las reclama. Y si no se cumplen, envía avisos. A veces sueños. A veces presencias. A veces esa sensación de que algo falta y no sabes qué. Pero lo sabes.

Las señales
Maite y sus amigos iban en el coche camino de Almerimar. Reían y conversaban tranquilamente hasta que algo perturbó su ánimo. Los cuatro pudieron ver en la carretera una figura extraña. Parecía una mujer, pero no se la distinguía bien. Era como si estuviese difuminada. Caminaba muy lentamente, agotada. “En cuanto la vimos, nos callamos todos. Como si el cuerpo hubiese activado una alarma de peligro. Aquella figura no era de este mundo”, recuerda.
Otros testimonios hablan de cuerpos sin cabeza, de luces que persiguen entre invernaderos, de presencias que no deberían estar allí. Algunos lo vinculan a la leyenda. Otros prefieren no hablar. El altar del Alcor, como Vallecito, guarda más misterios de los que muestra.
El altar que molesta
Pero no todo es devoción. Los vecinos de la urbanización que hay justo debajo protestan. El viento arrastra las botellas vacías hasta sus patios, los invernaderos cercanos acumulan residuos y el Ayuntamiento, harto de las quejas, colocó un cartel avisando de multas por arrojar basura. Algunos altares han desaparecido. No se sabe si por vandalismo, por orden de las autoridades o por las propias advertencias de quienes viven cerca. ¿Molestan por fe, por superstición o por estética? Nadie lo dice, pero algunos se atreven a señalar: “Eso parece un vertedero”. Otros responden: “Eso es sagrado”.

La realidad es que los altares han ido cambiando. Algunos fueron derribados. Otros reconstruidos. Y hay días en que, entre las botellas y las velas, se respira un aire de resistencia. Como si cada piedra, cada garrafa, cada flor de plástico fuera un acto de fe en mitad del plástico y el cemento.
¿Qué hace aquí una santa que no es santa?
Porque Deolinda no ha sido canonizada. No tiene bula, ni liturgia oficial. Pero en el corazón de miles, es más santa que muchas otras. Es madre, mártir, símbolo. Y aunque sus restos estén en San Juan, su historia viaja en las bocas de quienes piden algo con el alma. De quienes le deben algo. De quienes saben que, si le prometes algo, mejor cúmplelo.
Un altar sin sacerdote

El altar de Almerimar no tiene horarios. No hay procesión, ni campanas. No hay misa. Ni siquiera hay silencio, porque muy cerca pasan camiones cargados de calabacines y pimientos, ciclistas con auriculares y turistas despistados. Pero de repente, al girar la curva, la vista tropieza con un conjunto de pequeños refugios, hechos con manos humildes, que resisten el viento y el tiempo. Entonces uno se detiene. Mira. Y entiende.
Allí, al pie del Alcor, en un rincón que no pertenece a nadie y que sin embargo es de todos, hay una devoción que no se ha oxidado. Que no ha cedido. Que permanece.
Una mujer joven, de barro o arcilla, yacente, con un pecho descubierto y un bebé aferrado a él. No habla. No llora. No exige. Solo espera. Y la gente viene. Le habla. Le deja agua. Le agradece.
Quizás no se le reza con oraciones. Pero hay quienes le confían cosas que no le contarían ni a un sacerdote. Quizás no hay misa, pero sí fe. Una fe sin escaparates. Una fe hecha de sed, de hambre, de promesas. Una fe que se abre paso, botella a botella, altar a altar, hasta convertir un recodo olvidado en un santuario vivo.
Y mientras haya quien la nombre en voz baja, mientras quede alguien dispuesto a cargar agua cuesta arriba sin esperar nada más que una señal, la Difunta Correa seguirá allí. Bajo el sol del Poniente. En un rincón de Almería donde los milagros —si es que existen— no hacen ruido.








