12 – La cueva de la Virgen en Terque

¿Puede un lugar guardar en sus paredes algo más que humedad y silencio? Esa fue la pregunta que me golpeó mientras subía, una vez más, por las rampas que conducen a la cueva de Terque. El suelo, gastado por el paso del tiempo y de miles de peregrinos, parecía susurrar historias. Imaginaba las caravanas de hombres, mujeres y niños que, hace más de medio siglo, recorrían ese mismo sendero en busca de consuelo, de milagros, de una certeza que les cambiara la vida. El paisaje, encajado entre los cerros de Santa Cruz y Marchena, es un escenario natural que parece haber sido elegido para esconder un secreto.12 – La cueva de la Virgen en Terque 17

Al llegar a la entrada de la cueva, me detuve. La emoción me atenazó el pecho. Dos espacios bien definidos se abren en su interior, y en cada uno de ellos parece respirarse algo antiguo, una mezcla de fervor y misterio. El aire es espeso, cargado de las súplicas que durante décadas se han quedado allí suspendidas. En las paredes cuelgan flores, fotografías, exvotos, imágenes de la Virgen. Hay algo conmovedor en ver tantos rostros, sobre todo de niños, como si quisieran seguir pidiendo ayuda o agradeciendo favores.

No es fácil encontrar testigos dispuestos a hablar. Muchos prefieren el silencio, otros dicen que todo fue un cuento. Y, sin embargo, basta arañar un poco para que las historias salgan a la luz. Una vecina me habló de un niño ciego que, al entrar en la cueva, aseguraba ver a la Virgen y recuperaba la visión. Otra recordó el caso de una mujer que, tras pedir ayuda, cayó en un extraño trance que la dejó tres días sin apenas vista. Alguien me confesó, casi en susurros, que aquello se les fue de las manos: los peregrinos eran acogidos en las casas, dormían mezclados con familias que nunca habían visto, rezaban juntos, compartían pan y esperanzas.

Hay milagros que dejaron huella. Una conocida de los vecinos subió un día con el brazo quemado; una de las niñas videntes le aseguró que la Virgen estaba con ella y, horas después, las quemaduras habían desaparecido. Otros llegaban de rodillas, descalzos, incluso de espaldas, como si el dolor fuera el precio necesario para que la Virgen los escuchara.

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La historia no empieza en los años cincuenta. Veinticinco años antes, un joven vio a una mujer alta y hermosa entrar sola en la cueva en plena noche. La esperó fuera, pero nunca salió. Otro hombre, poco después, la vio caminar hacia la entrada con un velo ondeando al viento, flotando sobre el suelo. Cuando quiso alcanzarla, la cueva estaba vacía.

Y llegó el gran acontecimiento de 1955: Pepe, su hermana Lola y dos niñas más aseguraron ver a la Virgen de los Dolores. Pepe vive hoy en Cataluña, pero cada año regresa para llevar flores y velas. Él no fue el único. Otros vecinos, como Maribel y Encarna, también tuvieron visiones. Hubo incluso quien vio la campiña iluminada por un resplandor que guiaba hasta el pueblo.

Pilar, la mujer que más me ayudó a reconstruir esta historia, no solo fue testigo, sino protagonista de varios prodigios. Me relató cómo Justo Porras, el practicante, apenas podía atender a la gente que caía en trance, sudando, sangrando de rodillas o presa de convulsiones. Ella misma vio a enfermos salir caminando de la cueva después de entrar en camilla, y fue sanada de un cáncer tras lavarse con el agua que brotaba de las paredes, en lo que los vecinos llamaban el “agua sagrada”.

No todo fue luz. «Donde está Dios, está el diablo», me dijo Pilar con gesto serio. Y en Terque hubo también sombra. Desde Gádor llegaban hombres que pasaban demasiado tiempo con los niños. La tragedia llegó cuando una de las pequeñas quedó embarazada. La criatura fue hallada muerta, y la sociedad de la época, en vez de proteger a la joven, la desterró. Las autoridades aprovecharon el escándalo para cerrar la cueva y prohibir las peregrinaciones. La Guardia Civil llegó a posicionar excavadoras para destruir el recinto, pero estas se detuvieron milagrosamente en dos ocasiones, negándose —como si fueran conscientes— a cumplir la orden. Aún se ven las marcas de aquellas ruedas en la tierra.

La cueva ha sufrido robos y profanaciones, pero sigue en pie. Hubo quien intentó comprarla para convertirla en un gran centro de peregrinación, pero el actual propietario se negó, preservando su carácter humilde y libre.

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El tiempo no ha borrado la fe. Hace poco un hombre del norte llegó al lugar para pedir reconciliación con su hermano. Ambos se encontraron allí, sin haberse puesto de acuerdo, y se abrazaron ante todos. Otro joven asegura pasar siete horas diarias en la cueva, y dice haber recuperado la movilidad después de que los médicos lo desahuciaran. Y hay testimonios más íntimos: mi propio padre entró en la cueva y estuvo allí diez minutos, pero cuando salió, su reloj marcaba hora y media.

Incluso los párrocos que niegan oficialmente las apariciones se acercan de incógnito a rezar. He visto motos aparcadas en la puerta y curas vestidos de paisano, apoyando las manos en la pared durante horas, antes de marcharse sin decir palabra.

La historia no termina aquí. Tras la emisión de Cuarto Milenio, el hijo de Pepe, uno de los niños videntes, vino a buscarme. Quería que le firmara un libro. Me confesó que gracias a ese programa pudo descubrir la historia que su familia había mantenido oculta. Solo se atrevió a preguntarle a su padre una vez, y la respuesta fue escalofriante: «Es muy parecido a la realidad».

Terque sigue siendo un lugar donde lo sobrenatural se entremezcla con lo cotidiano. Sus museos, su jardín botánico, su cueva silenciosa son hoy testigos de que algo pasó allí. Algo que la gente no ha querido enterrar del todo, algo que se resiste a ser olvidado. Y cuando uno sale de la cueva, con el rumor del Andarax de fondo, no puede evitar pensar que, tal vez, ha rozado con los dedos algo que no pertenece a este mundo.

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Imagen de Alberto Cerezuela
Alberto Cerezuela

Editor, investigador y escritor.

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