Entre los campos de olivos y almendros que separan Sax y Villena, se alza un lugar detenido en el tiempo. Un puñado de calles, un teatro en ruinas, un palacio vacío y una fuente donde el agua aún murmura la historia de una pasión maldita. La Colonia de Santa Eulalia nació como un sueño y terminó convertida en una advertencia: la de cómo la ambición y el deseo pueden destruir lo que se construyó bajo el signo de la esperanza.
El nacimiento de una utopía
A finales del siglo XIX, España miraba de reojo a Europa, donde la industria y las ideas socialistas habían empezado a transformar la vida de los hombres. En Cataluña se erigían colonias obreras, modelos de convivencia y progreso. Inspirados por aquel espíritu, dos primos alicantinos decidieron levantar su propio proyecto de perfección: el conde de Alcudia y Gestalgar, Antonio de Padua Saavedra, y el vizconde de Alzira, Mariano Bertodano.
En 1887, los terrenos que pertenecían al conde fueron declarados Colonia Agrícola de Primera Clase. En poco tiempo, el paisaje se llenó de vida: fábricas, bodegas, almazaras, un casino, una estación de tren, una hospedería y un teatro de estilo italiano que aún conserva parte de su esplendor, aunque la madera cruje y el yeso se descuelga. En el centro, dominándolo todo, se levantaba el palacio de los condes, mezcla de modernismo y arquitectura industrial, coronado por relieves que representaban la unión entre la agricultura y la industria.
Fue una época luminosa. La Colonia producía, comerciaba y crecía. Hasta que la historia humana, siempre más compleja que cualquier ideal, se interpuso en el camino.
El escándalo
La llegada de María Avial Peña, esposa del vizconde y heredera de un indiano rico, fue el principio del fin. Era una mujer de carácter fuerte, educada en el lujo y poco dispuesta a someterse. Su relación con el conde de Alcudia, primo de su marido, encendió las habladurías. En 1910, ambos fueron condenados por adulterio y encarcelados. Al salir, se casaron, desafiando el escándalo y sellando con ese gesto su destino.
Lo que comenzó como un romance prohibido se convirtió pronto en una historia de ruina. Antonio de Padua se entregó al juego y al alcohol. María, a los excesos. Las fiestas en el palacio eran legendarias: vino, música, cartas y rumores. Lo que un día fue el corazón de una colonia utópica acabó siendo un templo de placer y descontrol.
Cuentan que, desde Barcelona, el conde recibió una carta en la que le advertían de que su esposa había convertido el palacio en un burdel. Movido por la ira, regresó a Santa Eulalia decidido a poner fin a aquella vergüenza. Nadie sabe qué ocurrió aquella noche, pero al amanecer su cuerpo apareció flotando en la fuente del porche, con la cabeza sumergida.
Algunos dicen que se suicidó después de perder toda su fortuna en una partida. Otros aseguran que lo mataron, quizá por venganza, quizá por dinero. Lo cierto es que desde entonces el palacio nunca volvió a conocer la paz.
El fantasma del conde
Hay quienes afirman que, cuando cae la noche y el aire baja por los olivares, puede verse una sombra de hombre caminando entre la fuente y la entrada del palacio. A veces, dicen, se aparece si una mujer de rasgos similares a María Avial se atreve a cruzar el patio. La fuente tiembla, las luces se apagan y un murmullo recorre los muros.
El teatro, que un día acogió comedias y conciertos, guarda ahora un silencio espeso. Algunos visitantes aseguran haber oído una melodía lejana, como si una orquesta invisible siguiera ensayando para un público que ya no existe. Otros dicen haber sentido un perfume antiguo, mezcla de vino, humedad y flores marchitas.
La caída
A partir de 1925, la Colonia se fue apagando. Las fábricas cerraron, el ferrocarril dejó de detenerse allí y las casas se vaciaron. Los trabajadores emigraron a Villena y Alcoy, dejando atrás las ruinas de un sueño imposible. Con el paso de las décadas, la maleza cubrió los caminos, el teatro perdió el techo y el palacio se fue resquebrajando.
En 2016, la Generalitat declaró la Colonia de Santa Eulalia Bien de Interés Cultural. Pero lo que permanece aquí no es solo historia: es atmósfera. Todo respira un tipo de melancolía que no se puede restaurar.
Una tarde de septiembre
Llegamos una tarde templada, cuando el sol empezaba a rendirse sobre los montes. El camino, entre campos dorados y aire inmóvil, desembocaba en las primeras fachadas despintadas. Caminamos despacio, como si no quisiéramos interrumpir el silencio. El viento traía olor a madera vieja y a piedra caliente.
El palacio se alzaba ante nosotros, enorme y deshabitado. La fuente, en el centro del porche, seguía manando un hilo de agua que caía con un sonido casi humano. Me acerqué. El agua estaba fría, como si viniera de otra época. Me pareció ver algo moverse en el reflejo: una sombra o quizá un recuerdo.
Noelia permanecía en silencio, mirando hacia el teatro, donde el sol entraba a través de un ventanal roto. Dijo algo en voz baja que apenas escuché:
—Parece que el tiempo aquí se ha cansado de pasar.
Y tenía razón. Porque la Colonia de Santa Eulalia no está muerta, solo dormida. Sus muros conservan la respiración de quienes la soñaron y la maldición de quienes la destruyeron.
Mientras el cielo se oscurecía, tuve la sensación de que algo nos observaba desde las ventanas vacías del palacio. Quizá el conde, condenado a repetir su último amanecer, o la propia María, prisionera de su historia.
Nos marchamos al caer la tarde. El viento levantó una nube de polvo que cubrió el camino, y al mirar atrás, el palacio parecía flotar en la penumbra. Pensé que hay lugares donde la belleza se mezcla con la culpa, donde el pasado no se ha rendido del todo. Y Santa Eulalia es uno de ellos.
Un lugar donde la piedra recuerda lo que el tiempo quiere olvidar.








