24 – El preventorio maldito

Entre las montañas del Cabeçó d’Or, donde el viento sopla con un rumor de siglos, se alza una construcción que el tiempo ha ido desmoronando con resignación. Sus muros desconchados parecen conservar la humedad de las aguas termales que un día atrajeron hasta aquí a reyes, aristócratas y curiosos en busca de salud y prestigio. El Preventorio de Aigües, como hoy se le conoce, fue alguna vez un refugio de lujo, un símbolo de bienestar, y acabó siendo un escenario de silencio, miedo y fantasmas.

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Su origen se remonta a 1816, cuando el conde de Casas Rojas decidió levantar un balneario aprovechando las propiedades curativas de las aguas que brotaban en las entrañas del Cabezón de Oro. Aquel proyecto, concebido bajo el nombre de Hotel Miramar Estación de Invierno, fue durante décadas uno de los enclaves más selectos de la provincia de Alicante. El edificio, de cuatro plantas, albergaba un casino, una capilla, un teatro, jardines y habitaciones con vistas al valle. Era un santuario de descanso para la nobleza, una estación invernal donde los burgueses se daban cita con el lujo y la esperanza. Por allí pasaron ministros, aristócratas y hasta los Reyes de España.

Sin embargo, el esplendor se apagó con la Guerra Civil. La clientela desapareció, los salones quedaron vacíos y el eco de las fiestas dio paso a un silencio espeso. Se cuenta que durante la contienda, el edificio fue ocupado por los republicanos y que bajo sus cimientos se excavaron túneles kilométricos para huir de las bombas, algunos con salida en la Cova del Llop, en El Campello. Nadie ha podido confirmarlo, pero quienes han explorado el terreno afirman haber visto oquedades en la roca y respiraderos sellados. En un lugar como este, basta el rumor para alimentar la leyenda.

Con la llegada del franquismo, el Estado se adueñó del edificio y decidió darle un nuevo propósito. En 1938, el antiguo hotel de lujo se convirtió en el Preventorio Nacional Infantil, un sanatorio destinado a niños que no estaban contagiados de tuberculosis, pero necesitaban aislamiento y vigilancia. Los informes oficiales hablan de tratamientos, meriendas y ejercicios al aire libre. Los testimonios, sin embargo, dibujan otra historia. Algunos antiguos internos recuerdan juegos y risas, pero otros hablan de gritos ahogados, castigos y noches en las que el viento del Cabeçó d’Or parecía traer voces desde los pasillos. En esa mezcla de recuerdos y miedo germinó la leyenda.

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El preventorio funcionó hasta los años sesenta. Después llegó el abandono. Los proyectos para resucitarlo se sucedieron sin éxito: hoteles, residencias médicas, balnearios modernos. Ninguno prosperó. El edificio fue cediendo a la humedad y al tiempo, pero ganó otra vida, una más inquietante. En 2002, el investigador Pedro Amorós publicó un artículo sobre las presuntas apariciones en el interior: la Dama Blanca que se manifestaba en el espejo del rellano entre la segunda y la tercera planta y el monje que descendía las escaleras con un bebé en brazos. A partir de entonces, el lugar se convirtió en destino de peregrinación para curiosos, investigadores y vándalos. Aigües comenzó a llenarse de coches por las noches y de historias al amanecer.

Cuentan que la Dama Blanca reía y lloraba al mismo tiempo en el reflejo del espejo. Si sonreía —decían— era señal de buena fortuna; si lloraba, un presagio de desgracia. Algunos la identificaron con Victoria Rosado y Sánchez-Pastor, la primera esposa del conde de Casas Rojas, retratada por Julio Romero de Torres. Su espíritu —afirmaban— seguía vagando entre los muros de su antiguo palacio, incapaz de abandonar las aguas que la convirtieron en leyenda. El monje, en cambio, parecía encarnar la culpa. Se le veía bajar los peldaños con un niño muerto entre los brazos, símbolo, quizás, de los pequeños que perdieron la vida en aquel hospital.

Desde entonces, el preventorio ha sido escenario de psicofonías, luces inexplicables y ritos clandestinos. Los vecinos aseguran que algunas madrugadas se escuchan cánticos apagados o que los espejos empañados devuelven rostros que no existen. Entre las sombras, el edificio respira como un ser dormido que no ha olvidado lo que fue.

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Una mañana de septiembre, Noelia y yo llegamos hasta su entrada principal. La verja estaba medio abierta, vencida por el óxido y el abandono. Dudé antes de cruzar, pero la curiosidad pudo más. Dentro, el aire era denso, cargado de polvo y un olor agrio a yeso viejo. Recorrí la primera planta entre pasillos largos y grafiteados, habitaciones diminutas donde la pintura se caía a trozos, y agujeros que parecían conducir a túneles subterráneos. No subí al resto: las escaleras habían desaparecido, devoradas por el tiempo. Caminaba despacio, con esa mezcla de asombro y respeto que provocan los lugares donde se siente algo invisible. En cada esquina, tenía la sensación de que alguien me observaba.

Había silencio, pero no paz. El edificio no estaba vacío. No porque quedaran cuerpos, sino porque persistía algo más: una energía retenida, como si el aire todavía guardara las respiraciones de quienes vivieron y murieron allí. Al salir, el sol ya caía sobre las montañas y el viento movía las ramas secas. Desde la carretera, miré hacia atrás y tuve la impresión de que las ventanas me devolvían la mirada.

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El Preventorio de Aigües es un lugar donde el esplendor y el dolor se confunden, donde la historia y la leyenda se abrazan hasta parecer la misma cosa. Hay ruinas que son testigos, y otras que son heridas. Esta, sin duda, pertenece a las segundas.

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Imagen de Alberto Cerezuela
Alberto Cerezuela

Editor, investigador y escritor.

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