33 – El fantasma de la antigua Diputación de Granada

33 - El fantasma de la antigua Diputación de Granada

Granada siempre ha tenido la capacidad de guardar silencio cuando algo duele. Lo hace en sus calles empedradas, en sus iglesias mudéjares, en los cármenes donde la sombra del ciprés cae como un párpado cansado. Y lo hace, quizá más que en ningún otro lugar, en aquel edificio de la calle Mesones que durante décadas albergó la Diputación de Granada. Un edificio que parece normal por fuera, pero que guarda en su interior una historia tan inquietante, tan persistente, que uno siente que la piedra aún late bajo la pintura.

Lo primero que descubrí, buceando entre archivos y testimonios, es que aquel solar no empezó siendo un edificio administrativo, sino una mezquita primero y más tarde la iglesia de la Magdalena, con su cementerio adosado. Durante siglos, hombres, mujeres y niños fueron enterrados en ese mismo suelo. Y cuando los comercios ocuparon el lugar, se removieron huesos, ladrillos y recuerdos sin demasiado cuidado.
En una de esas reformas, los obreros hallaron restos humanos emparedados en un muro, incluyendo bebés y un adulto. No estaban colocados con orden ni respeto. Alguien los había ocultado.
Ese detalle, tan terrible como real, fue la primera grieta de una historia que iba a estallar mucho después.

Décadas más tarde, cuando la Diputación se instaló allí, empezaron los fenómenos. No hablo de rumores tontos, sino de funcionarios que se negaban a trabajar, ascensores que se movían solos, archivadores metálicos que se abrían con violencia, máquinas de escribir que se ponían a trabajar de madrugada. Y no era sugestión: hay partes oficiales, firmas, quejas, vigilantes con años de servicio que nunca habían tenido miedo… hasta entrar allí.

Uno de ellos, José María Moya, relató que una noche una luz espesa descendió sobre él y lo dejó paralizado. No podía gritar, ni moverse, ni pensar. Solo huir. Y cuando logró levantarse, escapó a la calle como si su vida dependiera de ello.

La presión fue tan grande que la Diputación hizo lo impensable: permitir la entrada a un grupo parapsicológico.
Tres noches consecutivas.
Tres noches que marcaron la historia del misterio en España.

Los investigadores escucharon golpes, vieron luces sin origen, objetos que salían disparados como si una mano invisible los agitara. Los sensores se volvieron locos al acercarse al viejo muro donde aparecieron los huesos. Y entonces ocurrió algo que todavía hoy eriza la piel: a uno de ellos algo lo mordió.
Sin nadie cerca.
Sin posibilidad de explicación.

Pero lo que de verdad selló la leyenda ocurrió durante la tercera noche.
En la oquedad del muro, aquel donde se hallaron restos infantiles, empezó a formarse una columna de humo. Y ese humo, ante los ojos del equipo entero, tomó la forma de un rostro: un hombre de pelo canoso, ojos hundidos, expresión dolida. Cuando esa forma desapareció, el investigador que la vio no pudo hablar durante minutos.
Le pidieron que describiera la cara.
El periódico Ideal publicó un retrato robot.

Y entonces llegaron las llamadas.

Vecinos ancianos, feligreses de otra época, recordaban a un sacerdote:
el Padre Benito, último párroco de la antigua Magdalena. Un hombre corpulento, severo, muy querido.
Y la imagen del periódico se parecía demasiado a él.

A partir de ese momento, el fenómeno dejó de ser “algo” para convertirse en alguien.

Vinieron psicofonías —la más famosa contiene un “os arrepentiréis” que todavía retumba—, obreros que abandonaron reformas, funcionarios que dimitieron, vigilantes que pedían no volver a entrar en el turno de noche.

Finalmente, la Diputación abandonó aquel edificio.
No por creencias.
Por supervivencia.

Hoy el lugar alberga el Catastro.
Y, sin embargo, cuando uno pasa por allí y se queda unos minutos mirando los balcones, hay algo en el aire.
Un peso.
Una quietud extraña.

Quizá sea la historia.
O quizá sea ese rostro de humo, esa figura que parecía pedir ayuda, esa presencia que nació del silencio de los huesos emparedados.

Y este, el del fantasma de la Diputación, sigue ahí, respirando bajo las capas de pintura, esperando a que alguien lo recuerde.

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Imagen de Alberto Cerezuela
Alberto Cerezuela

Editor, investigador y escritor.

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